No se puede decir que nadie avisó.
Durante años, otros latinos advirtieron.
Activistas, periodistas, organizaciones civiles, académicos.
Incluso medios grandes, nada radicales, repitieron lo mismo con distintas palabras:
Trump no era “duro pero justo”.
Trump no era “solo anti-ilegal”.
Trump representaba una amenaza directa a los latinos como grupo político y social.
Muchos no quisieron escucharlo.
Esa fue la respuesta más común.
“No habla de ciudadanos.”
“No habla de los que trabajan.”
“No habla de los que apoyan.”
Las advertencias se descartaron como exageración, resentimiento, propaganda.
Pero las advertencias no hablaban de intenciones ocultas.
Hablaban de patrones.
En 2025, Trump ya no habló solo de extranjeros.
Dijo esto, literalmente:
“Homegrowns are next. The homegrowns.”
— Donald J. Trump
No es interpretación.
No es traducción forzada.
Homegrown significa nacido aquí.
En ese momento, lo que muchos dijeron por años dejó de ser advertencia y se volvió constatación.
Trump no se quedó en palabras.
Expresó abiertamente su deseo de sacar del país a personas nacidas en Estados Unidos:
“I’d like to include them in the group of people to get them out of the country… really bad people.”
— Donald J. Trump
Los expertos legales fueron claros: deportar ciudadanos estadounidenses no es legal bajo el marco constitucional actual.
Pero el punto no era si podía hacerlo fácilmente.
El punto era que quería hacerlo.
A esto se sumó un hecho aún más concreto.
Trump firmó una orden ejecutiva intentando redefinir la ciudadanía por nacimiento, reinterpretando la 14ª Enmienda para negar la ciudadanía automática a ciertos niños nacidos en Estados Unidos si sus padres no cumplían con criterios específicos.
Las cortes bloquearon la orden por inconstitucional.
Pero el intento quedó registrado.
No fue un tuit.
No fue una frase de mitin.
Fue una acción formal del Estado.
Y fue presentada explícitamente como base para el futuro, incluso si no se lograba de inmediato.
Muchos dijeron: “Es una amenaza para los latinos.”
La realidad fue peor.
No solo habló de latinos.
Habló de ciudadanos.
No solo atacó la migración.
Atacó la definición misma de quién pertenece.
Las advertencias decían: “Esto es peligroso.”
La realidad mostró: esto es estructural.
Al principio, la línea era clara:
documentos, frontera, estatus.
Luego la línea se movió:
criminalidad, “merecimiento”, obediencia.
Cuando el criterio se vuelve flexible, nadie queda fuera por definición.
Solo por conveniencia temporal.
Esto no es un reproche moral.
Es una pregunta lógica.
Si un líder:
• Habla de deportar a los homegrowns.
• Intenta limitar la ciudadanía por nacimiento.
• Deja claro que el concepto de “americano” es negociable.
¿En qué se basa la seguridad personal?
¿En el voto pasado?
¿En la lealtad demostrada?
La historia no muestra que eso funcione a largo plazo.
No fue que nadie avisó.
Fue que muchos decidieron no escuchar.
Y aun así, la realidad superó la advertencia.
Porque no se trató solo de latinos.
Se trató de quién puede ser descartado cuando el poder decide redefinir la pertenencia.
Por eso, cuando finalmente lo dijo en voz alta:
“Homegrowns are next.”
Algunos no se sorprendieron.
No celebraron.
No exageraron.
Solo pensaron, con cansancio:
¡QUE LES DIJE!