Prefiero morir de pie que vivir de rodillas.
Emiliano Zapata
Héctor Luis Valdés. Te apuesto a que él pensaba que se la iba a pasar bien bonito cuando Trump fuera elegido.
Hay momentos en que la historia deja de ser discusión y se vuelve evidencia. No por argumentos morales, sino por resultados visibles. Para México y para los mexicanos, Donald Trump fue uno de esos momentos. No una sorpresa, sino una confirmación largamente anunciada.
Muchos malinchistas insistieron en que el origen no importaba, que lo único valioso eran los “ideales”. Dijeron que la sangre era irrelevante, que la ciudadanía bastaba, que el país podía cambiarse sin consecuencias. Cuando Trump apareció, lo celebraron como el inicio de una nueva edad dorada. No lo ocultaron. Lo defendieron con entusiasmo.
Y no se equivocaron.
Solo se equivocaron sobre para quién.
¡Qué bonito! Apuesto a que le lamiera el culo a Trump y se lo agradecía por el gran honor!
LE FALTA UNA SERVILLETA AL GÜEY PARA QUE EMPIECE SU ALMUERZO.
Trump no creó una ideología nueva. Quitó el freno a una vieja. Lo que siguió no fue caos, fue orden racial explícito. El blanco volvió a ser la norma. La nación se definió por exclusión. La lealtad cultural se convirtió en requisito no escrito. El desprecio dejó de fingirse.
Sí hubo una nueva edad.
Pero fue una edad diseñada para el hombre blanco.
Ahí quedó claro el error central del malinchero: cuando eliges ideales ajenos sobre tu propio pueblo, el beneficio nunca está pensado para ti.
El malinchero creyó que los papeles lo igualaban. Que repetir el discurso correcto lo protegía. Que atacar a los suyos lo hacía aceptable. Confundió tolerancia con pertenencia.
El poder no premia al imitador.
Lo usa mientras sirve.
Trump mostró sin rodeos que la ciudadanía sin pertenencia cultural no salva. Que la lealtad prestada no transforma. Que admirar al poder no te vuelve parte de él.
La recompensa del malinchero no fue respeto ni seguridad. Fue algo más humillante: ser utilizado contra los suyos y luego desechado. Convertirse en prueba conveniente de que “hasta ellos están de acuerdo”. Ser citado cuando conviene y olvidado cuando estorba.
Ese es el destino de quien cree que negarse a sí mismo es una estrategia.
Trump no fue una excepción histórica. Fue un espejo. Mostró lo que ocurre cuando un pueblo confunde pragmatismo con rendición y vergüenza con realismo. Mostró que la supremacía blanca sí recompensa la lealtad, pero solo a los suyos. A los demás les da migajas y exige silencio.
Liam Conejo Ramos, un niño de cinco años, al que agentes de ICE se llevaron para poder aprehender al papá.
¡Qué bajo! ¿No tienen decencia humana estos agentes de ICE? ¡Un asco! ¿Dónde está la humanidad?
¿Quién pensaría que llegaría a esto?
¿De puerta en puerta, tomando a nuestros niños para usarlos como carnada?
Esto no es alarma. Es claridad.
La lección ya quedó escrita: cuando un mexicano apuesta por la supremacía blanca esperando un lugar en la mesa, apuesta contra sí mismo. No hay ciudadanía que borre el desprecio. No hay ideales importados que sustituyan la dignidad propia. No hay edad dorada para quien acepta ser moneda de cambio.
El malinchero no falla por emoción.
Falla por cálculo.
Y el cálculo ya mostró su resultado.
Luis Álvarez, Latino de 31 años, se lanzó al mar en Boca Grande, Florida, para rescatar a una niña de 9 años atacada por un tiburón, arriesgando su vida para ponerla a salvo antes de que llegara ayuda. Días después fue detenido en una parada de tráfico por no tener licencia y quedó bajo custodia de U.S. Immigration and Customs Enforcement, enfrentando ahora una posible deportación. Quienes presenciaron el rescate lo describen como un hombre decente y valiente que no dudó en salvar a una niña.