Pueblo de México:
Nos enseñaron a pedir perdón antes de hablar. Nos educaron para admirar lo ajeno y desconfiar de lo propio. Nos dijeron que el progreso venía con acento extranjero y que la dignidad debía importarse.
Eso tiene un nombre.
Y no es sofisticación.
Se llama malinchismo.
No como insulto fácil, sino como enfermedad cultural: la costumbre de poner lo anglo por encima de lo mexicano, de vestir la sumisión como realismo, de llamar “pragmatismo” a la renuncia.
Este texto no pide permiso. No busca consenso. No pretende agradar.
Está escrito porque ya es tarde para seguir dudando de nosotros mismos.
La supremacía blanca no vive solo en capuchas ni en gritos. Vive en la idea de que lo nuestro es insuficiente. Vive cuando se nos dice que para ser respetables debemos parecernos a otros. Vive cuando la violencia contra nuestra gente se explica como “orden”, “ley” o “inevitabilidad”.
El error más grande fue creer que el enemigo siempre se presenta como monstruo.
No.
A veces se presenta como norma.
Y cuando aceptamos esa norma, empezamos a despreciarnos solos.
El malinchismo de hoy no habla náhuatl ni castellano antiguo. Habla en frases pulidas que suenan razonables, moderadas, inevitables. Siempre termina igual: la dignidad mexicana sacrificada para que otro sistema se sienta cómodo.
No es neutralidad.
Es colaboración por cansancio.
Hace falta una postura clara, sin eufemismos: estar contra.
Contra la supremacía blanca, no solo como ideología extrema, sino como jerarquía cultural. Contra la idea de que el mexicano debe agradecer lo poco que se le concede. Contra el hábito de minimizar la violencia cuando no nos conviene nombrarla.
Llamemos a esta postura, sin miedo al choque: Ku Klux Contra.
No para copiar al enemigo, sino para negarlo frontalmente.
Nombrar lo que nos oprime es el primer acto de libertad.
Un pueblo sin símbolos propios termina viviendo dentro de los símbolos de otros.
Necesitamos figuras, imágenes, relatos y personajes que encarnen la negativa absoluta a la humillación. No héroes perfectos. No santos. Contras.
Contras que no pidan disculpas por existir. Contras que no se avergüencen de su origen. Contras que no cambien de piel para ser aceptados.
Aquí el arte no es adorno.
Es defensa psicológica.
No debemos disculpas por defender nuestra dignidad. No debemos explicaciones por rechazar sistemas que nos desprecian. No debemos suavizar el lenguaje para tranquilizar conciencias ajenas.
La historia no avanza con pueblos que se excusan por respirar. Avanza cuando alguien dice: hasta aquí.
México no necesita permiso para existir con orgullo. No necesita validación externa para reconocerse bello, capaz y completo. No necesita seguir cargando la culpa que otros sembraron.
Rechazar el malinchismo no es odio.
Es higiene moral.
Estar contra la supremacía blanca no es extremismo.
Es autodefensa cultural.
Que este texto circule como deben circular las verdades incómodas: de mano en mano, sin firma oficial, pero con la frente en alto.
Porque la dignidad no se negocia.
Se ejerce.